Jesús, el otro mesías

Jesús, el otro mesías

sábado, 5 de agosto de 2023

¿Salvador o revolucionario? - capítulo VII (octava entrega del libro).

 

Capítulo VII - ¿Salvador o revolucionario?

Cada rincón de la Palestina era dominado por los romanos. Su poder político y militar se hizo insuperable y se fortaleció de la unión con el establecimiento judío. «Peligrosa alianza entre crueles paganos armados y cínicos religiosos manipuladores»

     ¡Las condiciones sociales del vulgo no pudieron ser peores! Sin embargo, la clase media y los ricos también fueron víctimas del régimen. Para los más desfavorecidos primaron las circunstancias de hambre, miseria y humillación; para los otros, la pérdida total de su dignidad y el desprendimiento de algunos de sus bienes económicos.

     Aunque todos los judíos fueron sometidos, algunos de ellos (rabinos y sacerdotes) gozaron de privilegios; su complicidad y sumisión con el imperio les permitió seguir desarrollando un metódico control sobre los creyentes intentando perpetuar la gran doctrina religiosa. En tanto que fariseos y saduceos ―comprometidos en la parte económica― aportaron inconformes todo lo que se les exigió, incluso algunos de ellos se convirtieron en colaboradores de sus verdugos (conformando así otro pequeño grupo social detestado por el pueblo). «Se creó un sistema para el cobro de impuestos en el que ellos participaban como recaudadores. Cumplida la cuota requerida, tenían el derecho de apropiarse de algunos de los bienes. Razón por la cual fueron odiados y considerados como traidores».

     Por otra parte, estaban los zelotes y sicaris (quienes realmente conformaban el mismo grupo). Los zelotes fueron un grupo de resistencia revolucionaria cuyo objetivo principal era el de establecer una reforma radical al templo y al culto. Mientras que los sicaris (a quienes podríamos considerar una facción de los otros) pretendían expulsar a los romanos por medio de la violencia para instaurar el reino de Israel.

     La inconformidad reinaba entre toda la comunidad hebrea, y los poderosos saciaban sus bajos instintos con ellos. Urgía la presencia de un líder y de una gran revolución. «Pero Jesús no era ese gran líder, ni tampoco —esa— era su causa».

     Fue así como quienes quisieron hacer del mesías el gran libertador y jerarca, y, la figura más importante de la doctrina judía, descubrieron (con asombro) una intención diferente por parte del nazareno, lo que interpretaron como traición. Los líderes del judaísmo ortodoxo emprendieron una irritable acción de desprestigio en contra de él entre las gentes del pueblo y entre los romanos tratando de convencerlos de que se estaba incubando una revolución armada para derrocar al régimen y que su líder era Jesús de Nazaret.

     El Sanedrín aconsejó al procurador para que tomara acciones drásticas para evitarlo. Señaló a Jesús y a sus discípulos como jefes insurgentes, argumentando que el mesías buscaba el poder político y que pretendía ser el rey absoluto del pueblo judío. —Tal vez esa fue la razón por la cual (a futuro) Jesús fue crucificado y burlado por los romanos con la inscripción en su cruz: INRI (Jesús rey de los judíos). «La crucifixión era la pena impuesta por sedición o cualquier otra conducta que atentara contra el imperio y su poder político. La pena de muerte, en cambio, era decretada para otros delitos y se ejecutaba con la lapidación».

     Los argumentos para incriminarlo fueron contundentes. Todas las circunstancias estaban en su contra desde el momento en que él apareció (nuevamente) en Jerusalén. Su llegada a la ciudad santa se convirtió en un espectáculo llamativo porque le acompañaron muchas personas. «La palabra de Jesús hacía eco a donde quiera que él fuere». Su poder ascendiente sobre la multitud inquietaba a cualquiera. Fue tal la impresión que causó, a pesar de su imagen tranquila y humilde y de su insignificante cabalgadura (a lomo de asno), que a este evento se le comparó con la entrada triunfal de un gran guerrero a terrenos conquistados. «Así lo sugirió el odioso Sanedrín, así lo vieron sediciosos y fariseos malintencionados, así lo creyó el procurador (ante las sugestiones de los rabinos)».

    Otro acontecimiento sugestivo y trascendental sucedió en uno de los lugares más importantes para la comunidad judía: el comportamiento de Jesús en el templo, cuando lleno de cólera y valor la emprendió contra todos —creyentes y sacerdotes— reclamando respeto con el que era considerado un lugar sagrado. Echó de allí a mercaderes y mendigos, acusó a los fariseos de sepulcros blanqueados (haciendo alusión a su hipocresía y malas conductas), profirió insultos contra rabinos y líderes judíos, contra los ricos que querían aparentar religiosidad, contra los fieles de una doctrina sucia y amañada. «Sus palabras y actitud debieron repercutir en la consciencia del emperador cuando manifestó que no quedaría piedra sobre piedra, echándolos a todos y realizando un ceremonial de purificación». Pero su verdadera intención era la de crear consciencia sobre el respeto al templo como sitio sagrado para la oración y el encuentro con Dios. Promulgar que no debería ser profanado con pensamientos y conductas materialistas. Que la esencia del recinto debería ser únicamente espiritual y que ellos no deberían comportarse como antiguos paganos.

     Su verdadero mensaje, cuando habló de reconstruir el templo, profetizaba que los hombres lo destruirían tarde o temprano. Que sus falsos cultos, las míseras limosnas que daban a los desafortunados, los rituales de oración y de interpretación de las leyes de Moisés, y todo lo demás, solo servían a la manipuladora doctrina con la cual el pueblo había sufrido durante miles de años. Él prometió reconstruir el templo fundamentado en el amor a Dios, en la verdad, en la misericordia y en la unión de su pueblo para así liberarlos del yugo, de la maraña engañosa y de la manipulación.

    «Y entonces cada acción y cada pensamiento del mesías lo hacían parecer como a un gran sublevado». Jesús atrajo la atención de los insurrectos zelotes, de inconformes religiosos y laicos, de todos quienes se consideraban víctimas el imperio; incluso de algunos paganos que, aunque no podían entender su mensaje (por el total desconocimiento de una fe monoteísta) percibían en él la esencia de la justicia y el camino hacia una gran libertad. «Todos esos elementos se condensaban peligrosamente en su contra ante sus enemigos».

     Por eso los zelotes buscaron acercarse a Jesús. —Quizás él era el líder que el pueblo judío estaba esperando—. Pero ellos querían una revolución violenta: la derrota del imperio y la imposición del establecimiento judío independiente y autoritario. ¡Jesús jamás lo aceptó así! Él rechazó toda muestra de violencia y cualquier método de sometimiento para con su pueblo. Sin embargo, algunos se unieron a él, tal es el caso de Simón el zelote quien se convirtió en uno de sus discípulos, y de Pedro de Barjona y Judas Iscarioti (a quienes también se relaciona como antiguos zelotes).

     Indudablemente —y por obvias razones— la mayoría de los ricos, saduceos y fariseos, estuvieron en contra de Jesús. «Ellos estaban acomodados dentro del sistema y el humilde profeta pretendía cambiarlo todo, sin siquiera levantar un arma, sin incitar al pueblo a la sublevación».

     En realidad, la aparente revolución de Jesús se gestó en el corazón de los hombres, dentro de su pensamiento, en el fértil campo de su inconformidad. El mesías se manifestó en contra de los ricos —sin odio y sin pretender hacerles daño— para reclamarles por su indiferencia ante el dolor y la miseria de los demás. Clamó justicia social e igualdad y ofreció la bienaventuranza de Dios a los desafortunados. Rechazó la mentira, la crueldad, el odio, la maldad, la injusticia, y muchas otras actitudes negativas humanas —todas ellas presentes dentro de la sociedad reinante y en las almas de quienes la gobernaban—. 

    Jesús nunca pretendió cambiar o derrocar el régimen romano ni acabar con la doctrina judía, él solo transmitió a los hombres la humilde riqueza de una filosofía de amor queriendo cambiar —en ellos— su relación con Dios. Anhelando transformar la relación del hombre con el prójimo. «Algo que de alguna manera conocían los esenios pero que en su ostracismo no compartieron nunca con los demás».

     El mensaje de Jesús conducía a la libertad. Libertad ante los hombres (opresores y manipuladores), ante las riquezas y cosas materiales, ante las propias ambiciones y debilidades. Él invitaba a vivir en la intuición y en la espiritualidad dejando a un lado la obscura razón que enfrenta a los semejantes.

     Buscad primero el reino de Dios y luego todo vendrá —fueron sus palabras—. Él fue ejemplo de sus enseñanzas: vivió de manera humilde, sin lazos afectivos y en la total austeridad. No disfrutó de su gran popularidad ni hizo alarde de ella, por el contrario, siempre se apartó de la sociedad y de sus manifestaciones de poder y vanidad.

     Aunque Jesús no aceptó el respaldo ni se adhirió a ninguno de los estamentos sociales, religiosos o gubernamentales, manifestó un marcado rechazo hacia el grupo de los fariseos (quizás más que a los zelotes), lo que aprovecharon sus detractores para sembrar dudas sobre su intención revolucionaria.    —Los paganos nunca pudieron comprender el carácter de su actitud escatológica—. Él siempre se consideró a sí mismo y se presentó como un simple hijo del hombre al servicio de Yahvé. Evitó reconocerse como el mesías para conjurar la relación de ese privilegiado reconocimiento con las profecías antiguas. Abandonó cualquier asomo de vanidad habiendo superado todas las tentaciones del poder y se negó a ser: guerrero, líder y rey.

     De manera incomprensible, Jesús parecía conforme con algunas de las normas del imperio. Cuando alguien le preguntó si debería pagársele tributo económico al emperador, él respondió con ambigüedad: —Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios —reafirmando su total desprendimiento de lo material, y enfocado hacia la vida puramente espiritual—.


 


lunes, 3 de julio de 2023

Sus enemigos - capítulo VI (séptima entrega del libro).

Capítulo VI – Sus enemigos. 

Mientras Jesús continuaba con su prédica por muchas regiones de la Palestina, sus detractores comenzaron a considerarlo como un verdadero peligro. «Podría pensarse que los romanos serían sus principales enemigos, pero irónicamente quienes más le temían eran los judíos ortodoxos». Los mismos que habían tejido la gran maraña desde muchos siglos atrás en busca de un líder (o títere) a quien ellos pudiesen moldear y dirigir para continuar con su aplastante poder religioso.

    El mesías no era entonces aquel que pretendía la santa ilusión —inicialmente concebida. El hombre a quien en frenética creación se le concedió la gracia divina —por facultad de los hombres— no representaba fielmente la doctrina del judaísmo tal y como la idealizaban las escrituras. No seguía al pie de la letra los mandatos de los patriarcas y profetas. El mesías era un revolucionario que orientaba el pensamiento y la fe de sus creyentes hacia la liberación del espíritu y hacia un Dios diferente al que debería adorar el pueblo hebreo.

    Jamás un solo hombre había causado tanto miedo entre los estamentos político, social y religioso. Las clases media y alta, representadas por fariseos y saduceos, se sentían amenazadas. El radical poder judío ortodoxo temía un quebrantamiento en la fe de su pueblo. Los revolucionarios (los zelotas) veían en ese hombre la figura de un líder (un caudillo), pero creían en la necesidad de orientarlo para tal fin y apoyarlo con acciones violentas. Y, por último, los verdaderos dueños del poder político (los romanos) sugestionados por la clase religiosa, veían en el predicador el origen de una verdadera y peligrosa oposición al régimen.

    Jesús actuaba solo. Él no promovía los ordenamientos establecidos por el Sanedrín y el judaísmo antiguo. Él se manifestaba en desacuerdo con las precarias condiciones sociales de su pueblo, con el sometimiento y esclavitud, con la inequidad y la injusticia. Pero además estaba convencido de que su orientación espiritual mejoraría no solo la calidad de vida de sus seguidores, sino que ellos se liberarían —así— del yugo que llevaron durante siglos y al que parecían estar destinados.

    ¿Cómo imaginar que un solo hombre pudiese hacer tal revolución?, si para su difícil tarea apenas contaba con el apoyo de algunos de sus seguidores (hoy conocidos como sus apóstoles) y el de su familia.

    Alguien extraño para algunos y desleal para aquellos que quisieron manipularlo hacia el liderazgo en contra de los desfavorecidos. Ni siquiera los esenios, de quienes tanto aprendió, y quienes en su filosofía cultivaban la humildad, la libertad, el desapego a las cosas materiales, la vida sin ambiciones, el amor a Dios y a los semejantes, podían aceptar la insolente independencia del iniciado Jesús de Nazaret. Ahora mucho menos iban a hacerlo los oligarcas y los poderosos.

    Para conocer un poco sobre quienes se convertirían en enemigos de Jesús y de su doctrina hemos de hacer una breve reseña sobre ellos:

    -Los fariseos eran una gran mayoría dentro de la comunidad judía, tanto que tomaron el control del judaísmo oficial. Lejos del judaísmo ortodoxo, ellos rechazaban la estricta disciplina espiritual de estos, concediéndose algunas libertades y exhibiendo un falso sentido de humanidad. Además, hacían parte activa dentro del régimen romano y del lustroso Sanedrín. Su casta era privilegiada social y económicamente.

    -Los saduceos, contrapuestos a los fariseos por causas políticas y religiosas, conformaban un selecto grupo. Constituían la clase alta de la sociedad, ostentaban poder económico y tenían participación e influencia en algunas decisiones gubernamentales. Irónicamente ellos mismos se consideraban justos a pesar de su vida mundana y de su ambición por las riquezas.

    -Los zelotas (o zelotes) conformaban un pequeño núcleo judío que surgió del nacionalismo radical como rechazo al imperio romano y a las actuaciones sucias y erradas de religiosos y privilegiados grupos sociales; lo que los llevó a convertirse en revolucionarios violentos. Sus acciones bélicas y desestabilizadoras eran orientadas contra saduceos, fariseos y líderes imperiales. Vivían en la clandestinidad.

   -Los esenios (ascetas): piadosos militantes de una secta religiosa judía aislada de la sociedad. Hacían gala de su gran humanidad, de su fe en Dios y de una estricta disciplina. Su mística los alejaba totalmente de participar en las decisiones fundamentales de la gran comunidad.

-El Sanedrín, como la más importante institución de poder entre los judíos, estaba conformado por rabinos, saduceos, fariseos y zelotas (en mínima proporción de estos últimos). Ostentaban supremacía económica, política, religiosa y judicial, lo que los convertía en un implacable monstruo. Sin embargo, su jurisdicción estaba limitada ante el imperio y algunas de sus decisiones necesitaban de la aprobación del mismo.

    Tomando una idea de los diferentes grupos influyentes que conformaban la sociedad palestina en la época de Jesús, y haciendo referencia a que la otra gran mayoría la conformaban esclavos y plebeyos (así denominados por los romanos), no es difícil imaginar la situación de inequidad e injusticia reinante y la inefable necesidad —para los abusados— de un gran cambio, de una revolución.

    La esperanza de que llegara un mesías para aplastar a los opresores y traer paz y bienestar a los débiles era lo único que mantenía viva la fe. De esa misma urgencia dependían la perpetua ilusión del pueblo hebreo y el continuo mandato místico. Por eso —sagazmente— se había creado la gran profecía sobre la llegada de ese salvador. Por eso se construyó en un hombre —en Jesús de Nazaret— la imagen divina que representaba el sentimiento de todos. El mesías era anhelado por el pueblo hebreo y menester del establecimiento reinante para perpetuarse.

    ¡Pero Jesús, el hijo de José (el carpintero descendiente del rey David y de Abraham) y de María (la mujer santa de casta sacerdotal) no cumplió con las expectativas! No lideró movimiento alguno en contra del poder romano —a quien el pueblo atribuía todo su sufrimiento— ni ofreció caminos tangibles hacia el bienestar y la libertad. Tampoco cumplió con el guion concertado por quienes crearon la irreal y mágica ilusión de un líder judío que pudiera mantener con demagogia y mentiras la estabilidad espiritual de una comunidad ávida de libertad y de posesión. «Y no fue precisamente por incapacidad o ausencia de instrucción que este hombre no hizo lo suyo (lo que ellos querían); simplemente Jesús, el mesías, ahora parecía ir en una dirección distinta a los pensamientos de sus mentores».

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domingo, 25 de junio de 2023

El sermón de la montaña - capítulo V (sexta entrega del libro).

 

Jesús, el otro mesías

Capítulo V - El sermón de la montaña.

Dentro del admirable trabajo de predicación que realizó Jesús en la Palestina, hemos de destacar que el Sermón de la Montaña fue uno de sus más trascendentales actos públicos. Demostrado por la historia y por la comunidad cristiana se constituye en el esplendor de sus enseñanzas dejando en él profundas y perdurables huellas de amor y sabiduría. A través de parábolas, metáforas, sentencias y sencillas e inteligibles frases, exteriorizó la esencia de su mensaje en pos de aquellos más ávidos de su contemplación. Sus palabras y su actitud humilde y bondadosa captaron (por aquel entonces y aún hoy) la atención de muchas almas. —La gente creía y cree en el mesías—.

    Él ofreció así la bienaventuranza de Dios a los pobres en el espíritu, a los mansos (o indefensos), a todos aquellos que lloraban y tenían hambre y sed de justicia. A los misericordiosos, a los puros de corazón, a los pacificadores y a quienes fueran perseguidos por las leyes humanas. Pero además garantizó la adhesión de sus adeptos resaltando el valor y los méritos de aquellos que creyeron en su palabra. —¿Quiénes podrían ser ellos si no la gran mayoría del pueblo desprotegido y sometido ante la crueldad de los poderosos?—.

    ¡Ayer y hoy! Siempre será igual. Existirán opresores y mansos corderos que arrastren las cadenas de la codicia y la maldad que otros imponen. Y por supuesto así sucedía la vida en la Palestina a manos del imperio romano y del poder religioso. El pueblo padecía el infierno del abandono y del abuso. Entonces: ¿Cómo no acogerse a la prédica de Jesús que ofrecía un espacio de libertad, de justicia, y una oportunidad de salvación en el reino de Dios?

    «La historia ha demostrado la increíble capacidad de adaptación y de superación que poseemos los seres vivos, en especial los humanos. Hemos vencido los obstáculos y las situaciones más difíciles de supervivencia y convivencia gracias a la voluntad fundamentada en la fe y en la esperanza». Eso fue primordialmente lo que Jesús ofreció a sus seguidores: fe y esperanza. Ese era el camino hacia Dios para encontrar en él la paz y la tranquilidad.

            No es un secreto que cualquier persona motivada y fortalecida en la fe puede realizar o soportar actos y situaciones extraordinarios que para otros serían imposibles. Arropados con la fe toleramos hambre, frío, castigo, dolor, soledad, injusticia… La fe en Dios es aún más fuerte. «La fuerza del amor es superior ante cualquiera otra manifestación».

    Jesús —hecho verbo— logró acercarse íntimamente a sus seguidores. Estableciendo estrechos vínculos con ellos, solidarizándose ante sus necesidades y su dolor. Y no solo les ofreció soluciones también les cautivó reviviendo sentimientos de autoestima que enriquecieron las almas de quienes se sentían perdidos y despreciados por las circunstancias.

    «Cuando el mesías dijo a su pueblo: “Ustedes son la sal de la tierra”, los convirtió en el elemento más importante de su doctrina concediéndoles un lugar especial dentro de una soñada revolución y creó un ambiente de motivación y de compromiso para aquellos que querían alcanzar el tan anhelado “reino de los cielos”»

    En esta ocasión sí se manifestó en contra de las leyes de Moisés rechazando —ante todo— la violencia. «No olvidemos las fuertes expresiones que se reflejan en los libros del antiguo testamento con relación al discurso de Moisés para con la comunidad judía». Por ejemplo: el concepto de ojo por ojo, diente por diente, que podría interpretarse como una invitación a la venganza. Jesús enseñó todo lo contrario, él invocó al amor hacia los semejantes, hacia la naturaleza, e incluso —tal vez como objetivo principal— amor al enemigo. «Todo se condensa en una sabia metáfora que refiere que si alguien te golpea en la mejilla no respondas con violencia, y, a cambio, le ofrezcas la otra».

¿No es acaso este un gran abismo entre su doctrina y la del establecimiento religioso?

    Pero Jesús no solo condenó la violencia, también se manifestó en contra del materialismo, de la explotación al hombre por el hombre, de las conductas falsas e injustas, de los vanos rituales, de las costumbres simbólicas sin sentido y ausentes de una sana esencia —muchas de esas cosas que promovía el judaísmo—.

    No olvidemos que el patriarca Moisés, además de los diez mandamientos que impuso al pueblo hebreo durante el éxodo, adoctrinó a sus seguidores exigiéndoles el cumplimiento de un gran paquete de leyes (603 contenidas en el levítico, antiguo testamento) con lo cual Jesús no estaba de acuerdo. «El nunca atacó de forma directa esas leyes, ni invitó a la desobediencia, pero en su prédica restó importancia a las mismas anteponiendo el gran valor de las leyes divinas».

    Habló de la ira y de las acciones que de ella se generan: destacando que no solo se debería rechazar el acto de matar, sino también el odio, las actividades violentas y los malos pensamientos. Exhortando siempre al amor, al perdón, a la comprensión y a la indulgencia.

    Referente al adulterio, Jesús señaló que el pecado no era solo de la mujer (como queriendo defenderla), él argumentaba que eran tan adúlteros él como ella con solo desearse, pues los malos pensamientos son tan graves como las malas acciones.

    Se refirió a la gravedad del que jura para mentir respaldándose en la pureza de Dios o en la fe, en la tierra, en la madre o en los hijos, etcétera. Señalando que al hacerlo estaría traicionando su propia consciencia, menospreciando a Dios, a sus seres amados, y dilapidando la fe de aquellos a quienes engaña.

    En su extraordinaria prédica, Jesús habló del amor que Dios ofrece a todos: sin distinción de clases y sin condiciones, incluso perdonando malos pensamientos y acciones. Enseñó que la vida se debe edificar sobre las bases sólidas de la verdad, la bondad y la fe, y que solo así podrían los hombres acercarse al padre creador. Además, compartió con sus seguidores lo que podría llamarse la piedra angular del cristianismo: la oración del padre nuestro (la que aún hoy muchos de nosotros recitamos con gran devoción). Enseñó también la gran regla de oro a través de estas palabras: «pedid y se os dará, buscad y hallarás, llamad y se os abrirá». Fabulosas sugestiones que refrescaban —como dulce bálsamo— las almas que ardían en el dolor y en la desesperación.

    El sermón de la montaña no solo fue un discurso de reflexiones y buenos consejos para sus receptores, Jesús también increpó a todos e hizo un llamado a la cordura, a la sensatez y la honestidad. Criticó duramente el falso altruismo de aquellos que pretendían lucirse socialmente dando limosnas a los pobres. A quienes utilizando la oración adornada de falsas ceremonias y lenguajes sórdidos y repetitivos pretendían aparentar santidad. A los que hipócritamente decían seguirlo y entender su palabra cuando en realidad estaban muy distantes de comprenderlo y de aceptar la verdad.

    Pidió fortaleza a sus seguidores —mucha fortaleza y fe en Dios— señalando que no siempre se debería tomar el camino fácil, que el más difícil es el mejor y el más satisfactorio. Que nadie debería afanarse por atesorar riquezas, porque la única y verdadera riqueza habita en el corazón y que lo material dista de la paz del alma y de la bondad del espíritu.

    Explicó que los errores (o pecados) del afán y de la ansiedad por conseguir y poseer, no son más que una desorientación y un alejamiento de la verdadera felicidad. Que Dios todo nos lo provee, al igual que al ave, al lirio, a las fieras, a los árboles, al río. «Con la fe todo nos llega, él todo nos lo da; en su reino está lo que necesitamos. —Bastaría con creer y ser recíprocos prodigando amor—».

    Por último, Jesús invitó a los creyentes a mostrarse dignos y valerosos ante la adversidad y el sufrimiento. A conocerse a sí mismos y a no juzgar o culpar a los demás por su desgracia. A no sobrevalorar a quienes no lo merecen: «No des lo santo a los perros ni eches perlas a los cerdos». Y a evitar a los hipócritas y mentirosos: «Por sus frutos y acciones los conoceréis». ―El árbol bueno siempre dará frutos buenos, el malo frutos malos―.


 

lunes, 29 de mayo de 2023

La prédica de Jesús - capítulo IV (quinta entrega del libro).

 

Jesús, el otro mesías

Capítulo IV - La prédica de Jesús

La humanidad entera se ha admirado de la gran capacidad de comunicación oral que tenía Jesús de Nazaret con la cual llegaba a la conciencia y al corazón de muchas personas. La misma por la que aún hoy su palabra trasciende ajena a la interpretación que de ella hagan las diferentes comunidades religiosas. Su voz era escuchada a donde quiera que fuere sin protestas, sin hastío, sin ansiedad. Quienes tenían el privilegio de conocerle y acercársele disfrutaban ansiosos de su amor y sabiduría. «Imposible no creer en alguien tan sencillo y humilde, él parecía expresar el pensamiento divino».

     En su prédica interactuaba con receptores y simpatizantes poniéndose al nivel de ellos. Su rebaño lo conformaban los individuos más pobres, muchas personas enfermas y algunas otras perseguidas por la ley y las comunidades religiosas. Jesús hablaba con respeto a cada uno de ellos, ofrecía su atención a todos, les enseñaba sin reservas la gran oportunidad de acercarse a Dios. —Él no estaba allí para juzgar ni castigar, solo quería mostrar el camino del amor—. Utilizaba un lenguaje simple que resaltaba una incomparable intelectualidad demostrando sabiduría sin pretensiones y reafirmándose como maestro, el más grande maestro.

     «Su misericordia y la actitud de respeto y valoración que ofrecía a cada ser humano (incluso a sus enemigos y detractores) abrían las puertas de las más arraigadas fortalezas humanas, las que finalmente se manifestaban ansiosas de amor». Cada gesto de dolor y de preocupación, cada una de las dudas que expresaban sus interlocutores, los hacía suyos. «Indudablemente ante ese carácter fuerte, esa enorme seguridad y las muchas virtudes humanas que en él se revelaban, se iluminaban los caminos de la fe y la esperanza».

     Jesús era un hombre con una personalidad cautivadora. Era un tesoro de experiencias y conocimientos que, combinados con el amor, su entrega por el prójimo y la renuncia total a la vanidad, lo convertían en un ser humano brillante y diferente. Su discurso no se basaba en leyes ni en enseñanzas técnicas, no exigía nada, no pretendía ningún objetivo tangible. La doctrina de amor que profesaba conducía a las personas a la reflexión y al autoconocimiento de manera elemental y natural.

    Sabiamente utilizaba elementos verbales sencillos y comprensibles que convertía en mágicas herramientas de acercamiento con la comunidad: historias, parábolas y exhortaciones que colocaban a cada ser frente a sus propias vivencias, a lo cotidiano, a sus errores, a sus miedos. Conducía el pensamiento por el camino de los sueños relacionados con el amor y la paz. ¿Quién no querría escucharlo? —Tal vez aquellos que tenían el control y temían perderlo—. «¿Acaso el mesías se estaba saliendo de la ruta trazada?».

     A partir de su adolescencia la vida de Jesús fue un total misterio (por lo menos en la región de la Palestina). Pasaron varios años durante los cuales no se supo nada de él. Reapareció como un hombre muy instruido y sobre todo totalmente opuesto al modelo de divinidad que habían pretendido concebir sus mecenas y los líderes del judaísmo ortodoxo. Podría decirse que él actuaba —ahora— por cuenta propia. No pertenecía a ningún grupo ni profesaba ninguna de las diversas filosofías que se disputaban la obediencia del pueblo judío. Sin embargo, hacía uso de los conocimientos que tenía de cada una de ellas orientándose hacia un pensamiento puro y noble de humildad y al reconocimiento con gratitud hacia Dios; el Dios padre, el creador de todo, el omnipotente, el omnipresente, el que perdona, el que abre sus brazos para recibir a quien quiera llegar a él. Muy distinto del Dios controlador, con pensamiento humano, castigador y exigente que regía las antiguas leyes judías.

     Jesús era un hombre solitario, le gustaba aislarse para orar y meditar. Sus seguidores sabían en dónde encontrarlo, pero respetaban su privacidad. Él oportunamente se reunía con las multitudes que voluntariamente le seguían. Su mensaje de esperanza y reconciliación con la vida se convirtió en el mejor alimento para el alma de su rebaño. Quiso transmitir —con su ejemplo— las virtudes esenciales para sobrevivir ante la adversidad. Su vida austera, ayunos, vestimentas modestas y demás, denotaban una consciencia tranquila ajena a lo material y sumida en lo espiritual.  «El mensaje era tan simple que podían entenderlo todos, desde el más sabio hasta el más ignorante».

     La inteligencia de Jesús sobrepasaba casi todos los límites humanos, él sabía hacer bien las cosas, hasta el punto en que sus actividades (prédicas que reunían a muchas personas) que en ocasiones parecían atentar contra las leyes establecidas, encontraban justificación en la bondad de su pensamiento y en los objetivos del mismo. Sus acciones, peticiones y requerimientos, no apuntaban a quebrantar la ley humana ni tampoco estaban relacionadas con ella. El reino de Dios —que era lo que él ofrecía— no estaba allí ni en ningún lugar, ni ponía en peligro la autoridad de ese u otro reino.

     «Infortunadamente las cosas no estaban bien en la hermosa región Palestina. La situación de inconformidad dentro de la comunidad judía era enorme. Aparentemente el conflicto se sucedía entre romanos y judíos pero la discordia e inestabilidad se hacían presentes entre todos los grupos religiosos y sociales».

     En la región del Jordán se escuchaba la palabra de Juan el Bautista (hijo de Isabel la prima de María la madre de Jesús). Él era un humilde y solitario habitante del desierto que profetizaba la palabra divina y llevaba una vida de total recogimiento. Predicaba y bautizaba a sus seguidores en un ritual que celebraban en el río. A través de su mensaje intentaba salvar al pueblo de la esclavitud haciendo énfasis en la llegada del mesías. —Como queriendo preparar espiritualmente a los creyentes para su arribo—.

     El sentido del bautizo que Juan daba a su pueblo estaba orientado hacia la redención de los pecados para que así pudieran entrar en el reino de los cielos, pero también ponía presente el castigo que habrían de recibir aquellos incrédulos que siguieran en el pecado. Hacía alusión a la figura impresionante del látigo de Dios recordando el castigo a Sodoma y Gomorra con fuego y azufre.

     La idea predominante sugería que el mesías vendría a aplastar a los opresores para liberar a su pueblo y proveerles de riqueza y esplendida magnificencia. —Esto se convertía tal vez en la más importante ilusión para un pueblo totalmente interesado y ambicioso—. Abundancia de cosechas, riqueza, libertad, seguridad y fantásticas expectativas. Todos los hombres tendrían casa, trigo y vino; no volverían a fatigarse jamás; caería maná del cielo y agua para curar a los enfermos —como en otros tiempos sucediera al pueblo hebreo en el desierto—. «Habría de venir todo lo mejor para los judíos. Esos serían los días del mesías».

     Cuando Jesús llegó al río Jordán y se presentó ante el bautista y una multitud ansiosa por conocerlo, se propició la más exaltada ceremonia de fe con la cual pareció consumarse la misión de Juan. La petición de Jesús a su primo para que este le bautizase se convirtió en un mítico escenario sobre el cual Juan heredó públicamente toda su credibilidad al mesías: negándose ante los presentes la virtud y la potestad para bautizarlo, adjudicándole a él (a Jesús) ese poder como único merecedor, declarándolo ante todos hijo de Dios. —Así la fe y la esperanza satisfacían las expectativas—.

     «Y cuenta la historia que en ese momento el cielo se oscureció y que de él se desprendieron enceguecedoras luces y atronadores sonidos, y una paloma —el espíritu santo— se posó sobre Jesús. Y los fieles seguidores del bautista se sorprendieron y quedaron aterrados ante aquel espectáculo. Y maravillados creyeron en la divinidad del nazareno». Sin embargo, en su sabiduría y humildad, Jesús no reclamó reconocimiento alguno para sí, solo evocó el poder de Dios.

   Después de esa trascendental escena que exaltó aún más los corazones de los fieles creyentes, el Bautista cesó su prédica pasando a un segundo plano de importancia entre quienes le conocían —sus seguidores ahora estaban con el mesías—.

     «De Juan solo quedaron pendientes las autoridades romanas quienes lo acusaron de incitador y revolucionario contra el régimen, y posteriormente le apresaron y le cortaron la cabeza».        

     Y Jesús se retiró solitario hacia el desierto para meditar y orar durante cuarenta días. —Algo impresionante para cualquier hombre. Las personas debieron inquietarse mucho pensando en la forma como él pudiera sobrevivir tanto tiempo sin agua y sin alimentos. Además, tendría que enfrentar a las fieras salvajes y soportar los fenómenos físicos del desierto. «Allí, en Moab, resonaban las barracas estruendosamente por el viento entre las montañas, y se transformaban constantemente ofreciendo un maravilloso espectáculo. Se escuchaban los aullidos de los chacales y se veían sus sombras con la luz de la luna dibujando alucinantes escenas».

     Y en medio de su soledad y de sus temores, frágil y humano, expuesto ante la fuerzas de la naturaleza, Jesús, fue tentado por el demonio —esa sucia y oscura desviación del pensamiento que venera a la vanidad— invitándole a probar su capacidad sobrehumana y a superar las difíciles pruebas del egoísmo y la ambición, retándole a hacer uso de la supremacía divina para reinar ante un pueblo vulnerable y necesitado; ofreciéndole la grandeza de un poder que podría perpetuarse y cuya fortaleza residía en la fe en Dios.

     «Pero Jesús, lleno de amor y de esperanza, colmado de una férrea voluntad, superó a la vanidad y a todas las tentaciones que el mal pudiera ofrecerle. Reconoció y saboreó la fortaleza de su espíritu y reafirmó su amor por el prójimo, decidido incluso a entregar su vida en virtud del acercamiento con Dios».


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martes, 16 de mayo de 2023

Su misteriosa ausencia - capítulo III (cuarta entrega del libro).

Disfrútalo:

Jesús, el otro mesías

Capítulo III

Su misteriosa ausencia

Siendo Jesús apenas un adolescente, demostraba gran crecimiento espiritual e intelectual. La influencia de sabios egipcios y esenios, que le transmitieron ―desde muy temprana edad― poderosos conocimientos sobre la hermética, sobre los principios universales, la doctrina del amor y la humildad. La sana orientación de su espíritu, su inconformidad contra el orden religioso, filosófico y político preponderante, y, todas esas experiencias que de manera prematura recibió en su inminente formación como elegido para ser el mesías del pueblo hebreo, forjaron en él a un hombre extraordinario.

     Su carácter imbatible, férrea voluntad, amor al prójimo y, el reconocimiento inamovible de Dios como único y supremo, trazaron claramente el camino que él como salvador habría de seguir. El joven se manifestó en contra de la dominación y del abuso ejercido por el imperio romano al pueblo judío, pero también rechazó las prácticas e inclinaciones judías de corrupción y manipulación. «Tiempo después, él tuvo el privilegio de conocer ampliamente sabias filosofías y pudo entender el verdadero camino hacia Dios y deseaba compartirlo».

     José (su padre), con quien siempre mantuvo una buena relación, murió siendo aún joven. Esta y otras circunstancias como la de no querer desposarse a su edad —según lo requería la tradición judía— lo motivaron a abandonar Nazaret.

     Tranquilo y con la certeza de que su madre no estaría sola (para entonces María estaba acompañada de sus otros cuatro hijos y contaba con el respaldo de su familia paterna) Jesús decidió viajar lejos de su tierra natal. A sus trece años emprendió un largo camino con la intención de llegar hasta la India.

     Inició su travesía por Damasco (Siria). Recorrió pueblos de Arabia, Persia, India, Nepal, el Tíbet. «Él buscaba conocimiento, quería perfeccionar su palabra y su capacidad humana, estudiar las leyes y las escrituras sagradas de otras culturas». Fue así como conoció la filosofía de Zoroastro (el mazdeísmo) de la cual extrajo muchos elementos que lo llevaron a comprender la grandeza de Dios y el valor humano.

     De ellos —los persas— asimiló muchos conceptos filosóficos y religiosos: la concepción de Dios padre protector y bondadoso. La percepción del paraíso relacionado a la oportunidad de estar con Dios por medio de la fe. La noción metafórica de comparar a los seguidores de Dios con las ovejas de un rebaño. La figura divina del Espíritu Santo. El principio fundamental de buenos pensamientos, buenas palabras y buenas obras. Comprendió que el hombre puede y debe fusionarse con Dios como fin máximo de la existencia, y otras tantas cosas positivas arraigadas en esa mística cultura.  


     Desde allí partió hacia la región de Orissa y el valle del Ganges (India). Visitó ciudades y pueblos sagrados, entre ellos: Jagannatha, Rajagniha y Benarés. Conoció a Udraka (el más grande sanador hindú) y se hizo su discípulo. De él aprendió secretos místicos de la curación y mucho sobre la filosofía budista. Se instruyó sobre el valor y las virtudes mágicas de los elementos naturales del universo: el poder del agua, del sol y la luz, de la sombra y la obscuridad, de las plantas. La importancia y el poder de la voluntad humana. El arte de vivir en armonía con las leyes de la naturaleza para conservar la salud y la fuerza del espíritu. Conoció sobre el karma, la noción del cuerpo y del alma, la ley de los ciclos, el autosacrificio ascético, la subordinación de lo material a lo espiritual, el control del cuerpo y las pasiones. Desarrolló sus habilidades en el arte del yoga: el poder de los mantras (el manejo de las vibraciones de la voz), el pranayama (energía y respiración), y la meditación profunda. Además, conoció técnicas sobre exorcismo.

     Adoptó el pensamiento de Krishna (representante humano de Dios en la religión hindú) de haber nacido para proteger a los seres humanos buenos, para acabar con los malvados y para restablecer la piedad. Convivió durante un tiempo con los Vaisyas y los Shudras, considerados como las castas sociales inferiores del hinduismo (peones y esclavos). Esta convivencia le causó problemas con los sacerdotes brahmanes y con los gobernantes militares hindúes (Kshatriyas) quienes desconocían totalmente los derechos sociales y morales de esas personas tratándolos como esclavos y prohibiéndoles el acceso a las sagradas escrituras. «Era tal el arraigo y la discriminación que su único camino para la liberación era la muerte». Indignado, Jesús, ante tanta injusticia condenó enérgicamente esa doctrina represiva y excluyente. Profesó sin ningún temor que Dios nunca haría diferencias entre los hombres y se atrevió a negar el origen divino de los Vedas y los Puranas (libros sagrados de la sabiduría hindú). Manifestó que solo habría de amarse y temerse a un solo Dios. Negó la Trimurti y la encarnación divina en Brahma, Visnú y Shiva.

     El Santo Issa (como se le llamó a Jesús en esa región) decía que Dios era la única e indivisible alma del universo, que solo él podía crear, contener y vivificarlo todo. Que nunca concedería poder a ningún hombre sobre los hombres ni sobre nada. «Manifestaba que Dios quiso crearlo todo y lo creó con su pensamiento».

     Obviamente durante su paso por la India Jesús también compartió sabiduría y amor a través de sus parábolas. Ganó el respeto y la admiración de muchas personas, entre ellos los Vaisyas y los Shudrás quienes gracias a él transformaron su pensamiento y se rebelaron en contra de la opresiva doctrina filosófica hindú. «Por ese motivo los ‘sacerdotes blancos’ del brahmanismo y las autoridades militares consideraron que debían deshacerse de él por promover una doctrina de insurrección».

     Partió entonces hacia la ciudad de Gautamides (en los Himalayas), la tierra del gran buda Shakyamuni, en donde se veneraba al único y sublime Brahma. Allí aprendió la lengua Pali y se dedicó al estudio de los Sutras (escritos sagrados del budismo). «Pero no solo se enriqueció de la sabiduría de budismo, también conoció el “Gran Tratado de los Poderes Mágicos y la temible magia Bon Po”».

     Asimiló conceptos como la importancia de la moral en la autorrealización; la necesidad de liberar el alma de lo terrenal y entender que el cielo está dentro de cada individuo. Que el egoísmo es la causa de la miseria del hombre. Aprendió sobre la prédica de la compasión, sobre el amor desinteresado y la renuncia del bienestar propio ante la felicidad de los semejantes. Perfeccionó sus capacidades de expresión oral y comprendió que la humildad y el desprendimiento hacia la familia y los bienes doman y enaltecen el espíritu.

     Y continúo su travesía por los Himalayas en búsqueda de sabiduría, así tuvo acceso a una serie de poderosas técnicas que permanecieron por siglos secretas para la humanidad y las que él convirtió en excelentes habilidades humanas (aunque otros las verían como divinas). Podemos describir así algunas de ellas:

     El pranayama: que consiste en absorber y concentrar la energía universal a través de la respiración. El Lung-Gom: para desarrollar potenciales capacidades físicas forzando el cuerpo a grandes cargas de trabajo y sin consumir alimento para así fortalecer la voluntad. El Tum-Mo: basado en desarrollar una condición mental para sobrevivir a grados extremos de temperatura. El Tulpa: práctica de magia orientada a la materialización de objetos. La Danza Chod: para invocar a los espíritus de la naturaleza. El Trongjug: orientación del pensamiento para influir sobre los fenómenos naturales climáticos. El Tulku: fantástica y enigmática técnica enfocada hacia la resurrección de los muertos. El Po-Wa: para desarrollar capacidades de telepatía e ilusionismo. La Vajrayana: que se interna en las indescifrables técnicas de la bilocación y la levitación (o transferencia corporal). La doctrina tántrica de reciclamiento de la energía sexual. «Estas y muchas otras ciencias misteriosas practicadas por hombres con capacidades superiores fueron factores preponderantes de preparación y fortalecimiento humano en la vida de Jesús».

     Tendría unos veintiséis años de edad cuando decidió abandonar Nepal y los Himalayas, quizás sintiéndose satisfecho y seguro de sus conocimientos. Partió hacia los valles de Rajputana para emprender el viaje de regreso. «Él era un tesoro de sabiduría y espiritualidad, con un carácter sólido y estable forjado por el sufrimiento y la humildad, motivado por el amor y la verdad, comprometido con la razón y la justicia».

     Y entonces se dirigió hacia el oeste predicando sin tregua la grandeza de Dios. A su paso negó rotundamente la adoración a otros dioses, reprochó el sacrificio de personas y de animales, condenó la esclavitud y el abuso del hombre contra el hombre. Desestimó a los sacerdotes de todas las religiones y filosofías. Exaltó a la creación —la vida— como el único y el más importante milagro de Dios. «Y sus prédicas se extendieron en muchas direcciones —incluso entre paganos— y muchos de ellos renunciaron a sus ídolos».

     Cuando entró nuevamente a Persia los sacerdotes temerosos prohibieron escucharle (ellos veneraban a Zoroastro y temían que su doctrina se debilitase). Por eso muchos de los hombres que escucharon a Jesús fueron perseguidos.

     Antes de regresar a su natal Palestina, Jesús visitó otras regiones asirias, griegas y egipcias. Posiblemente pasó un largo tiempo con los esenios en Qumran y quizás también estuvo en Egipto en el templo de Heliópolis. «Hemos de destacar la gran influencia de los esenios en la vida del maestro, evidenciada por sus costumbres de meditación y oración, por su actitud modesta y humilde, por su mística y distanciamiento al judaísmo tradicional».

     «Su larga trayectoria de estudios y dedicación al conocimiento humano y divino lo convirtieron en un hombre extraordinario: él era un iniciado. Quería superar las pruebas de fe, justicia, filantropía, heroísmo, amor divino y muerte —y estaba muy cerca de enfrentarlas...»